Foro de Davos 

Cada mes de enero, el club más selecto del mundo convierte esta pequeña estación de esquí suiza en la capital económica del globo.

Sólo tuvo que seguir los dictados de su instinto básico. Ni corta ni perezosa, harta de discursos vacíos, la actriz Sharon Stone se levantó de su silla, cogió el micrófono y ofreció 10.000 dólares para la lucha contra la malaria en Tanzania. Seguidamente pidió voluntarios a mano alzada para secundar su buena acción. En cinco minutos logró que 50 de los políticos y ejecutivos de las principales compañías del mundo se rascasen el bolsillo para aportar más de un millón de dólares. Un evento sin precedentes en los 36 años de vida del Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF), celebrado cada mes de enero en las montañas suizas de Davos. ¿Problema? Al final, algunos de los supuestos filántropos se arrepintieron y en la edición de 2005 sólo se recaudó un cuarto de millón de dólares para la causa. El resto lo puso Unicef.

A pesar de ello, anécdotas como ésta reflejan la facilidad para hacer buenos y, sobre todo, rápidos negocios en la reunión más selecta del mundo. Así, no es difícil ver a Ana Patricia Botín almorzando con Bill Gates o al cantante Bono discutiendo con el ahora primer ministro británico Gordon Brown. Casi todos ellos sin traje ni corbata, como marca el código de vestimenta de este show político-financiero. “Todo tiene lugar en un sitio muy pequeño, donde hay varias salas y restaurantes y por eso no es difícil codearse con alguna personalidad”, explica Carlos Moreira, español afincado en Suiza y fundador de Wisekey –seleccionada por el Foro como una de las 100 empresas con mayor proyección del mundo–. La consigna es la naturalidad, fuera de todo protocolo. La organización se encarga de explicar que es mejor tratar a los compañeros de tú a tú. Nada de Mr. Mandela o Mr. Soros. Mejor Nelson por aquí o George por allá. “He tenido la suerte de sentarme con Bill Clinton y Simon Peres en un encuentro en el que sólo estábamos 30 personas, se fomenta mucho el networking”, añade Juan José Nieto, presidente de Service Point Solutions y ex director general de Telefónica, uno de los afortunados que ha acudido a  Davos tres años seguidos.

Por eso casi hay tortas para conseguir una de las preciadas invitaciones, un pasaporte al éxito que no se renueva automáticamente, sino que queda a merced de la decisión última del comité ejecutivo del WEF, convertido en fundación desde su creación por el profesor Klaus Schwab en 1971. Pero sólo alrededor de 2.400 privilegiados –el recinto, una especie de búnquer acorazado, no da para más– la consiguen. Una cifra que dispara la pequeña población de Davos, la ciudad europea de mayor altitud con sólo 12.000 habitantes.

Se buscan compañías con una facturación de 5.000 millones de $

El precio de la entrada, en este caso, es lo de menos. Sobre todo teniendo en cuenta que a la cita sólo pueden acudir líderes relevantes o ejecutivos de las empresas más potentes. “Nuestra idea es que participen las 1.000 compañías más importantes en su sector o región”, explica Grant McKibbin, uno de los responsables de captación de miembros. En el caso de las empresas de regiones como Norteamérica o Europa Occidental, “queremos que facturen 5.000 millones de dólares al año”, añade. Pero como también necesitan que el 30% de las firmas provengan de economías emergentes: en esos países bajan la cifra hasta los 1.000 millones de dólares. Por eso, los 18.000 francos suizos (10.800 euros) que cuesta cada invitación individual es peccata minuta. “Es un precio que merece la pena pagar”, afirma tajante Juan José Nieto.

A cambio, sólo en la edición del pasado año acudieron personalidades de 90 países, incluyendo, entre otros, 800 presidentes o consejeros delegados de las 1.000 principales empresas de todo el planeta, 24 jefes de Estado, 85 ministros, 24 embajadores, 58 gerentes de organizaciones internacionales, 270 empresarios de medios de comunicación, 161 directivos de instituciones académicas o think... leer más>>